martes, 18 de abril de 2017

"¡Al abordaje!"

"¡Galeón español a la vistaaaaaaa!"

"¡Al ataqueeeeeeeeee!"


Se acercó la embarcación Pirata al Galeón Español, un navío grande, robusto, bastante lento y aunque siempre iba armado, por la necesidad de ir cargado y por el peso sobresaliente del mismo y ante, la ligereza y velocidad que llegaba a tomar la Galeaza, como la mayor embarcación Bucanera del Mar Mediterráneo. Ésta tenía una longitud de 70 m de largo y 16 m de ancho. Tres mástiles que ayudaban a darle empuje, aunque disponía de 32 bancos de remos. 

Para poder manejar las velas con mayor facilidad, llevaba la cubierta superior despejada. Los bancos de remos estaban instalados debajo de ella. Su puente posterior era alto y amplio. Llevaba instalada abundante artillería, que la convertiría en el temido coloso de los mares de todos los siglos conocidos, especialmente de su época.

Doscientos remeros se aseguraban que independientemente del viento que soplara, pudiera navegar. Otra tropa de unos 100 oficiales y soldados completaban la tripulación.

Para dar sus golpes por sorpresa, en sus incursiones cerca de la costa,  a pesar de sus dimensiones, era una de las embarcaciones más hábiles, con mayor conocimiento del manejo de sus cañones que eran ligeros, y los utilizaban sobre todo para despejar la cubierta del buque asaltado.

Los piratas utilizaban pequeños cañones como la culebrina, que lanzaban una auténtica lluvia de metralla sobre la cubierta del otro barco para atacar a los tripulantes, y la despejaban antes del abordaje del buque que quedaba prácticamente desierta.

Como capitán del Galeón Español, hoy me he sentido tratado de forma mezquina por el capitán Pirata al encontrarnos. Mostró una actitud combatiente por alguien, que en encuentros anteriores, pretendía únicamente convertirse en mi rival, en mi adversario en la contienda que íbamos a llevar a cabo. 

Su lenguaje se transformó en un tono contundente, con una gran energía y vigor, transformando sus palabras anteriores, en tajantes, rotundas, autoritarias, muy secas,... sablazos que cortaban cualquier posibilidad de réplica, haciendo realmente difícil para mi, intervenir sin temor y que escondían la cordialidad de los dos encuentros anteriores. 

Se le notaba como manejaba la situación y como su competencia en el asunto que se trataba era clara y evidente. Su utilización con una más que suficiencia experiencia y pericia, me provocaron sentimientos de ataque en un primer momento, que no lograba llegar a entender las razones que le llevaban a ello,  después una disposición en establecer sus criterios, fueran válidos o discutidos por mi persona o no, puesto que si me negaba a esto último, a pesar de haberme conjeturado que era todo un "reto" y que se vanagloriaba de ello, completamente. 

De pronto, su actitud cambió y "o te comprometes hacer lo que yo digo o no estoy dispuesto a tratarte y prestar mi tiempo en ti". 

¡Menudo ultimatum! No me gustaron para nada las formas, me hizo daño a propósito y no se inmutó, pero si estoy de acuerdo con el argumento presentado como estrategia para llevar a cambio la modificación y llevar una vida acorde a la misma, y no a lo que hacía sentir, hasta ahora.

Aquí finalizaron nuestras conversaciones sobre el contrato que estábamos dispuestos a realizar; aunque, he de decir que me sentí "conducida" y "coaccionada" por éste y que yo no participé en su desarrollo, salvo en la firma final. Me temo, que el pirata me ha vencido. No ha existido consenso. 



¡Hasta pronto, cómplice!






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