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Manchester, lunes 22/05/2017

martes, 5 de julio de 2016

"Zona De Confort"

"Zona de confort: cuándo y cómo salir de ella"

La zona de confort es un entorno conocido que nos hace sentir seguros y protegidos. 

Pero el que no arriesga, no gana, y hay que salir de ella para ‘crecer’. 

Estos consejos te ayudarán a abandonarla sin miedo.

Escrito por Dra. Vanesa Fernández López, Psicóloga, especialista en emociones

En la actualidad las emociones están de moda, como también lo están los términos relacionados con la gestión de las mismas. Así por ejemplo, desde el ámbito del coaching se habla del término ‘zona de confort’ para hacer referencia a esa área de funcionamiento o forma de existir en la que nos encontramos bien, sin el malestar o la ansiedad que nos puede causar el hecho de asumir riesgos. Tener una zona de confort no solo es bueno, sino también necesario. Sin embargo, no salir nunca de ella puede resultar peligroso para nuestro desarrollo personal.

¿Qué es la zona de confort?

La zona de confort es un término empleado en el ámbito del coaching para referirnos a una serie de límites que la persona se ha impuesto a sí misma o ha aceptado como estilo de vida para evitar asumir riesgos y garantizarse la ausencia de miedo o ansiedad. 

En 2009 White define la zona de confort como “un estado de comportamiento en el que la persona actúa desde una postura de ansiedad neutral, llevando a cabo una serie de comportamientos para conseguir un nivel constante de rendimiento sin sentido del riesgo”.
Permanecer, por lo tanto, en la zona de confort, no tiene por qué causarnos un bienestar derivado de la emocionalidad positiva (por ejemplo satisfacción, orgullo, o entusiasmo). En su lugar, el bienestar se deriva de la ausencia de la experiencia de emociones negativas como el miedo, la ansiedad, o la incertidumbre, ya que la zona de confort actúa como un refugio que nos hace sentir seguros por tratarse de un entorno bien conocido por nosotros.
Nuestra zona de confort engloba todo aquello que solemos hacer y no nos da miedo (por ejemplo aceptar solo un tipo de trabajos menos cualificados, y no otros para los que se requieran mayores conocimientos o aptitudes, por temor a no saber desarrollarlos; mantener una relación a pesar de preferir estar solo), así como las personas con las que convivimos o nos relacionamos, y en cuya compañía nos sentimos seguros a pesar de que no cumplan nuestras expectativas (por ejemplo, seguir con una pareja que no nos causa problemas, pero a la que no admiramos ni nos atrae). 
¿Por qué nos refugiamos en la zona de confort 
y cuándo debemos hacerlo?


No es de extrañar que queramos permanecer en el lugar en el que nos sentimos seguros, o junto a las personas que nos hacen sentir bien. En un primer momento, refugiarnos en nuestra zona de confort es una estrategia adaptativa que nos permite sentirnos fuertes ante la adversidad.
Imaginemos el caso de un niño; su primer refugio, su primera área de confort, es su familia y amigos más cercanos. El disponer de esta zona le permite sentirse fuerte para enfrentarse al mundo, al percibir que él es importante, que tiene un gran valor, a una edad tan temprana, para sus seres queridos. Especialmente en esta etapa de nuestra vida disponer de esa zona de confort en la que te sientes protegido, es fundamental para nuestro bienestar psíquico.
En la edad adulta, disponer de un área de confort nos permite estar más tranquilos y cubre una de las necesidades humanas más importantes: la necesidad de seguridad y protección. Al mismo tiempo, disponer de una zona de confort en el marco social (por ejemplo contar con familiares o amigos de confianza dispuestos a prestar su ayuda en el momento en que lo necesitemos) es un importante amortiguador de emociones negativas como el estrés, además de ser un factor de protección ante enfermedades físicas y psicológicas.
Es por ello que en algunas ocasiones es recomendable no salir del área de confort para poder beneficiarnos de la fortaleza que ésta nos aporta. Estas situaciones son todas aquellas en las que la persona está sufriendo elevados niveles de estrés o de malestar psíquico. Decía Santa Teresa que “en tiempo de tormentas no hagas mudanzas”, algo que desde la psicología traducimos como que en tiempos de crisis existencial, hay que esperar a que la presión se reduzca para pensar más tranquilamente. Así por ejemplo, no es el momento de irme de mi trabajo de toda la vida justo cuando acabo de tener un conflicto en el mismo, o no es del todo adecuado en mitad de la crisis de pareja empezar a valorar nuevas opciones.
Sin embargo, qué pasaría si ese niño no saliese nunca de esa zona de confort que le proporcionan su familia y amigos. La respuesta es evidente: no crecería. Y con el verbo crecer nos referimos al desarrollo personal al que contribuyen los conflictos, las dudas, los éxitos y los fracasos, y la forma en que nos enfrentamos a ellos. Y es que las personas que no salen de la zona de confort se quedan pequeñas para siempre.
¿Cuáles son las consecuencias de no salir de la zona de confort?
No salir de nuestra zona de confort puede llegar a convertirse en una gran barrera y limitación personal, ya que perdemos la oportunidad de enfrentarnos a nuevos retos, vivir nuevas experiencias, o incluso conocer gente nueva. No abandonar jamás el entorno conocido hará que disminuyan progresivamente nuestras habilidades, y que nuestras expectativas se reduzcan cada vez más. Y esto no sería tan grave si no fuera porque con esa actitud también podemos ver mermada significativamente nuestra capacidad para ser felices.
En su libro El camino de la felicidad, J. Bucay hace alusión a la importancia que tienen nuestros objetivos y expectativas para ser felices. Parece bastante evidente que las personas que se plantean expectativas muy amplias y lejanas difícilmente son felices, y pueden experimentar una elevada dosis de frustración en sus vidas. Sin embargo, una persona que se plantea metas muy próximas y fácilmente alcanzables, tampoco es feliz.
En este segundo tipo de personas se encuentran precisamente aquellas que se niegan a salir de su zona de confort. Estas personas, habitualmente ante el miedo a la frustración, y para evitar el estrés que subyace al desafío, deciden proponerse metas que requieren muy poco esfuerzo, o pocos movimientos en su vida, que son alcanzables tan fácilmente y de manera tan temprana, que rápidamente dejan de hacerles ilusión, desvaneciéndose gradualmente esa pequeña dosis de felicidad que les había proporcionado.
Entre las principales consecuencias que tiene no salir de nuestra zona de confort se encuentran:
  • - Experimentar una amplia gama de emociones negativas, destacando entre ellas la tristeza, la apatía y la frustración, debido a que si bien la persona que permanece en su zona de confort no arriesga, tampoco gana nada, perdiendo así una potencial tasa de refuerzos positivos que nos motivan cada día.
  • - Reducción de los niveles de autoestima por no afrontar nuevos retos.
  • - Sentimiento (y en cierta medida realidad) de limitación personal; el individuo percibe que no crece personalmente. En muchas ocasiones lo verbaliza como sensación de estancamiento.
  • - Falta de habilidades para resolver problemas y tomar decisiones; la persona siente que sus habilidades van mermándose, pues al no tener que enfrentarse a nuevos retos no tiene que decidir nada, por lo que no puede calibrar su capacidad para resolver problemas.
  • - Problemas sociales o de pareja; mientras que él no crece, su entorno puede que sí lo haga, pudiendo aparecer conflictos por no tener retos ni intereses en común. Este hecho en algunos casos puede conducir al aislamiento.
  • - Sensación de aburrimiento; sienten que necesitan un cambio en su vida, pero no saben qué hacer para conseguirlo.

Consejos para salir de la zona de confort



Las características personales hacen que salgamos más o menos de nuestra zona de confort, y los estudios sobre el ciclo vital y las emociones muestran que la edad es una de las variables más relevantes a este respecto. Cuando somos jóvenes tenemos ganas de expandirnos, de que nuestra existencia modifique el medio, porque estamos seguros de poder cambiar el mundo, y nos permitimos más concesiones para salir de nuestra zona de confort a cambio de asumir ciertos riesgos. Sin embargo, a medida que nos vamos haciendo mayores, las personas preferimos asegurar lo que hemos conseguido antes que buscar nuevos méritos.
Pero si bien en determinadas etapas de la vida o circunstancias es mejor sentirse seguros, conservando lo que tenemos y manteniendo nuestro nivel de calma y bienestar personal, refugiándonos en nuestro área de confort, no salir nunca de ella, como hemos explicado, puede tener consecuencias muy negativas, por lo que te ofrecemos algunosconsejos para ayudarte a perder el miedo y salir de ese entorno protegido en el que a veces nos encerramos:
  • - Asume que la vida tiene sus riesgos, y que no se trata de no decidir, sino de elegir la solución ‘menos mala’ en cada caso.
  • - Acepta los sentimientos de ansiedad e inseguridad como parte de la evolución vital del ser humano.
  • - Relativiza tus pensamientos negativos que buscan inmovilizarte.
  • - Plantéate nuevos retos, y sub-retos que te dirijan a los mismos. Aunque sea muy poco a poco, felicítate por avanzar, pero continúa avanzando.
  • - Conciénciate de que los cambios conllevan incertidumbre y de que esta sensación no es mala, sino que te ayuda a prevenir posibles errores.
  • - Plántale cara a tu vida: ¿es así cómo esperabas verte? Si no es así, constrúyete un plan de futuro con objetivos a corto, medio, y largo plazo.
  • - Cuando no te sientas capaz de hacerlo tú mismo, recuerda que la psicoterapia es un procedimiento eficaz para ayudarte a salir de tu zona de confort. Un psicoterapeuta puede ayudarte a tomar conciencia de tus miedos o inseguridades ayudándote a descubrir aquellos retos a los que te da miedo mirar. Cuando salimos de nuestra área de confort se activan todas las barreras que nos obligaban a seguir en ella. Ten en cuenta que para alcanzar tus éxitos y metas es necesario atravesar dos zonas: la de los miedos, y la de los aprendizajes. La psicoterapia te ayudará a romper ese miedo al cambio y acabar con esas ideas irracionales que pueden hacerte creer incapaz de superar un miedo porque una vez lo intentaste y no supiste cómo hacerlo. Así mismo, al enfrentarte a nuevas realidades, tu terapeuta te ayudará a aceptar nuevos desafíos adoptando estrategias para hacerles frente.




















¡Hasta pronto, cómplic






* Fuente: 

1 comentario:

Carla García dijo...


¡Hola Cómplice!

Como siempre el post me ha encantado y sobre todo porque me ha tocado la fibra. Yo era de esas personas pasivas que vivían en su zona de confort, te juro que pensaba que vivía bien, hasta que me di cuenta que muy joven vivía entre depresiones y pastillas que me mandaban los médicos para evadirlas y que no me las tomaba. Por eso, un día, decidí arriesgarme y lanzarme a cumplir sueños, por decirlo de algún modo. Me fui muy lejos con 16 años, exploré mundo y me abrí a él. Hubo veces que salió bien, y otras que no, pero volví a la vida.

Por eso siempre lo digo, la zona de confort está bien una semana, pero el resto del año hay que arriesgarse. Porque sin riesgo para mí no hay vida.

¡Muchas gracias!

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