* Con mis mejores deseos y con todo mi cariño *

sábado, 3 de septiembre de 2016

"Los perros nos entienden"


"Nuestros compañeros caninos, son capaces de entender nuestras palabras y nuestra entonación"

Nuestros amigos caninos son capaces de distinguir palabras del vocabulario y la entonación del discurso humano usando regiones cerebrales similares.



La verdad, no sé por qué no me sorprende en absoluto este artículo que estaba leyendo. Tal vez sea, porque vivo con tres elementos de esta especie, los observo y veo perfectamente cuando me han entendido y me asombra cuando, en otras ocasiones, que me parece imposible que puedan llegar a entender alguna palabra que les digo y me quedo atónita, ante la reacción de ellos; o bien, cuando saben perfectamente, sin llamarlos por su nombre, como me refiero a uno de ellos. ¿Increíble? ¡Claro qué lo es! De igual modo, que me entienden a mi en español, pero también son capaces de entender a un chino o a un inglés o a cualquier idioma; incluso por signos! y aún recuerdo, como mi padre llamaba a los perros que andaban sueltos (que ya no se ven por las calles) en un inglés más que cuestionable, y sin embargo, los perros corrían contentos hacia él a saludarlo. Supongo, bueno, no lo supongo, de esto estoy segura, que nuestros amigos caninos, poseen un sexto sentido tan tremendamente agudizado que son capaces de percibir por la actitud y especialmente, la entonación de lo que les decimos, además del olor que desprendemos y por las vibraciones que les llegan, qué humano va a ser bueno con él y quien no, o bien, cuál de ellos les teme o no los soporta o les produce "grima". 

Te voy a poner algunos ejemplos: 

 
- Si tu a tu perro, le dices: ¿vamos de paseo? La palabra "paseo" se transforma en una corriente de estímulo, felicidad, ansiedad, alegría,... "desmesurada" y vamos si a esto, le enseñas la correa, es que se te derrite, ¿o no?

- Yo utilizo la palabra "fin" cuando quiero que algo se acabe y a la vez, que digo la palabra, sacudo las manos una contra la otra. En un principio, lo utilizaba para la comida, si le daba alguna "golosina huesito" o algo así; pero ahora, me sirve para todo. Si se ponen pesados entre ellos y comienzan a molestar a la más viejita, sacudo mis manos, alzo la voz y dijo: ¡fin! y con eso, es suficiente. Bueno, la verdad es que llevan oyéndolo el menor 9 añitos y es normal que ya lo hayan interiorizado. 

- Otra palabra (es más bien, un grupo de palabras) que a mi me hace mucha gracia y en la que no me dirijo directamente a ellos y sin embargo, al decirla, ellos me responden o más bien, dan la respuesta que a ellos les apetece. Es esta. Veamos, si suena el teléfono y estoy hablando con alguien, y de repente voy a despedirme y suena las palabras máginas, "bueno, hasta mañana o adiós", surge el efecto siguiente: Chikita, quiere que la coja, Popy me trae su pelota para que se la tire ¡¡yaaaaa!! y mi grandullón, intenta quitar a Chikita para que le de los mimos a él. Esto sucede todos, todos, toditos los días y puede pasar más de una vez. 

- Una peculiaridad que han adquirido hace un poco más de dos años y medio (tiempo que coincide con el de mi separación con mi pareja), cuando me ven llorar, se acercan y aunque a mi me gustarían que me dieran mimitos, soy yo quien se los doy a ellos; pero, parece como si quisieran decirme, "no estás sola, estamos contigo, no sabemos cómo ayudarte porque antes teníamos tanto miedo que preferíamos estar en nuestras camitas y callar y en verdad, no sabemos muy bien qué hacer, pero si necesitas 'ese calorcito', nosotros te lo daremos". Y los entiendo.  ¡Los amo!

- Si les digo: "¡mmmmmmm, ñam. ñam, ñammm!" Inmediatamente, saben que hay algo "rico, rico" que voy a darles de comer y los saltos, las alegrías e incluso los amagos de llantos surgen. ¡Encantadores!

- Ahora bien, si digo con voz seria, con una misma entonación y mirándoles a los ojos: "¿Qué ha pasado aquí?" y vuelvo a preguntar esta vez con el tono más elevado "¿Qué ha pasado aquí??????" Entonces, los rabos, por arte de magia, desaparecen, los ojos, no se cruzan con los míos, especialmente los de uno de ellos: ¡se delata él o ella solit@! Entonces, l@ llevo al lugar "del crimen" y le digo que: ¡esto no se hace! con un tono muy firme, alto y notablemente enfadada, para terminar con mi expresión: ¡¡Ohhhhhhh, pizpito!! Y ya está. Ella o él se autocastigan lo que crean necesarios y yo me evito pasar por un mal trago. ¡¡Es que tengo unas amigos caninos que valen su peso en orooooooooo!!

 
- Hay otra cosa que resulta francamente curiosa. Popy, es hijo de Chikita y además de tener pasión por la pelota, le fascina la tele. ¡Sí, sí, ... la televisión, sobre todo si en ella sale algún animalito, da igual que sea real o de dibujos! ¡Los caza al vuelo! ¡Les gruñe, les ladra y se acerca al mueble donde está la tele y les echa uno de "sus sermones" puesto de pie en el mueble y con la cara casi pegada al plasma. Por mucho que les diga, "no pasa nada (en voz baja y suave, como suelo usar cuando se sienten nerviosos por algo que les asusta o les incomoda y resulta eficaz, además de abrirles mis brazos para que vengan hacia mi y se tranquilicen,... ¡no resulta, en absoluto!) Lo peor es que Popy se lo ha contagiado a su madre y a veces, se forma aquí una algarabía tremenda hasta por el anuncio de "Rastreator".  En fin, ¡me divierten y a la vez, me dan lástima que sufran! En mi casa no se pone ninguna película de animales, ni tampoco National Geographic; y bueno, es más, Popy, es capaz también de verlos en el ordenador. 

- Hay además otra singularidad creada, en realidad, por una de mis hermanas, en concreto de Irene que también tiene otra perrita llamada Linda y que aún es muy jovencita. Yo les digo a mis canes: "hoy viene tía Ire" y se van como locos corriendo a la puerta del jardín a esperarla. A veces, no les digo nada, para que no se mortifiquen, pero entonces, mi grandullón que hace de "guarda de discoteca", los avisa cambiando su ladrido habitual y allá van como bomberos desesperados a apagar un incendio y como aquel que se le olvida la manguera para apagarlo, Popy vuelve a casa a buscar su pelota para ofrecérsela a Irene. 

- Irene los adora y juega mucho con ellos, además de ayudarme a mi siempre que tienen que ir al veterinario o a la peluquería canina. (Por cierto, para aquell@s que leísteis mi artículo sobre la peluquera canina que se negaba a pelar a Rofe, el grandullón, por aludir que tenía "calvas", hace una semana que los tres están peladitos, fresquitos y sobre todo guapísimos). Pero además de hacer todo eso, les suele cambiar los nombres a su antojo; así pues, a Chikita, la llama "Machu Pichu", "Ojo Pollo" (tiene un ojo albino); a Popy sólo le llama así o "Juan Ízquier" (no me pregunten de donde se lo saca, porque no tengo ni idea) y a Rofe, el grandullón, lo llama "Carmele". Lo curioso de todo esto no son los nombres en sí, sino que les llame como les llame cada uno sabe su "otro nombre" y responden a ellos. Así pues, los perros saben más de una palabra, ... ¿no crees?

- Lo mismo ocurre con determinadas palabras que a veces, conviene no nombrar, como "golosina" o "pelota". 

Si tienes perro sabrás que vayas donde vayas te acompañan, incluso cuando vas al baño a hacer determinadas necesidades que todos precisamos de una "cierta intimidad". Pues bien, los míos entran conmigo al baño siempre, pero cuando yo preciso de esa intimidad, les digo: "ahora necesito estar sola; enseguida salgo, muchas gracias"  y cierro la puerta del baño, pero aún puedo ver esos seis ojos clavados en mi. Al principio, me esperaban fuera, pero con el tiempo y al repetirles siempre lo mismo, incluida las "muchas gracias", se quedan tranquilos y no exigen que les abra la puerta o te lloran como pasaba antes. 

En verdad, que la edad se les nota: Chikita tiene 12 años, Rofe tiene 9 para 10 y Popy 9; pero es hasta Piripi, que es mi canario, que cuando quiere comer o beber o simplemente, quiere que lo atiendas un rato, te pía para que le silbes y él contestarte o al revés, te pía esperando que le digas algo. Con todo esto, recuerdo un canario que tuvimos y que desgraciadamente, un ave de rapiña nos los arrebató de la jaula que cuando quería comer no paraba de piar hasta que no veía la escalera en la que teníamos que subirnos para coger su jaula y que cada vez, que mi hermana Irene escuchaba el CD de Michael Bolton, yo no sé quién chillaba más si el canario o Bolton, la verdad. ¡Hay qué ver cómo le gustaba a ese canario aplastar la voz de Michael Bolton!


 

¡Hasta pronto, cómplice!





 

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