miércoles, 4 de julio de 2018

"Gozo en el Alma"

"Quisiera Tener un Gozo en el Alma"

¿Lo Tienes Tú?


Cuando era una niña, mis padres eligieron para que fuese educada un colegio de monjas. Se trataba de un centro únicamente dirigido a la educación y formación de chicas, con lo que los chicos tardé bastante en convivir con ellos en las aulas, concretamente, cuando ya pasé al Bachillerato.

Por suerte, el transcurso de mi niñez y preadolescencia en el colegio de monjas, no me supuso grandes traumas como a otras muchas amigas y compañeras que tuvieron su paso por la mano instructiva de las religiosas. Mis razones no fueron que éstas no me hubieran dejado huella con su estricta, elitista e injusta, en una gran mayoría de las veces, conmigo o con mayor frecuencia, con mis compañeras y/o amigas. Mis motivos eran que el sufrimiento que pasaba en casa eran tan sumamente mayor y desgarrador para mi, que lo que pudieran hacerme o decirme las hermanas, pareciera como si mi mente las camuflara y las guardara en el último estante de la librería y por la parte de atrás. 

Rezaba por llegar a casa y que mi madre estuviera; que nos recibiera a mi hermana pequeña y a mi con una de sus maravillosas sonrisas y aún mejor, con algún "cuento" de esos tantos habituales que le solían pasar cuando tenía que ir a comprar o hacer cualquier diligencia para la casa o para la familia y rara era la vez, que no le ocurría algo gracioso, destornillante, humorístico,... a lo que a ella le daba su peculiar e inequívoca forma y manera carcajeante de contarla, lo que hacía mucho más gracioso si cabía, por muy dramático que el hecho fuera. Siempre le daba "la vuelta a la tortilla" a todo aquello que le pudiera suceder y fuese digno de una buena "comedia" por su parte. ¡Hay qué ver lo que nos hacía reír! ¡Se nos saltaban las lágrimas y el vientre nos dolía de tanto reírnos! Y todas las veces que lo volviese a contar, volvíamos a sentirnos igual que la primera vez que ella lo había contado, riéndose sin parar de "sus errores" y compareciéndose del o de las pobres víctimas de su "error".

¡Qué maravillosa mujer era mi madre! ¡Cuánta alegría y positividad transmitía en cada momento de su existencia! 

Suelo recordar esa risa contagiosa que nos provocaba a todos los que la oíamos, el contagiarnos con su alegría y ganas por la vida. 

¡Cómo le gustaba vivir! ¡Cómo luchó y se aferró a la vida!

Cuando yo apenas tenía once años, le diagnosticaron cáncer de mama. Le extirparon su mama derecha y  su brazo derecho comenzó a inflarse como un globo. Mi padres comenzaron a ir a Madrid una vez al vez, durante una semana más o menos, ya no lo recuerdo bien, pero a mi me parecía eterno. Tan solo vuelvo a sentir la misma opresión en el pecho que sentía entonces y mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas como en aquel tiempo, porque no estaba con nosotras mamaíta y porque no sabíamos qué le pasaba a mamaíta. Nadie nos dijo nunca nada. 


Así, pasaron seis durísimos, dolorosos, sufridos y eternos años para mi. 

El colegio y las monjas era lo que menos me importaba, salvo mi amiga, mi querida y linda amiga Dulce María. Padecía lo mismo que mi madre, pero en la sangre. Su madre me pidió que la ayudara y no lo la dejara sola, y que en caso de tener que llevarla al hospital, la acompañara en un taxi y estuviera con ella, hasta que ella llegase. Y así lo hice. 

Nunca le comenté ni a mi amiga, ni a su madre, lo que ocurría con la mía. Me resultaba impío hacerles más daño y tampoco ellas podían hacer nada por mi madre y menos por mi porque en realidad, me enteré de lo que padecía mi madre después de fallecida, al igual que el resto de la familia; sólo lo sabían mi padre y ella, por petición sine qua non de ella misma.

Al año de morir mi madre, murió mi gran amiga. Aún la recuerdo y hablo con ella y le pregunto por cosas de mi vida en las que no tengo clara mi situación o me río con ella, por las situaciones tan absurdas o tan serias que me ocurren. Evidentemente, no me contesta, pero la llevo conmigo y estará siempre en mi. 


Toda esta entrada ha venido porque he recordado una de las canciones que cantaba en el colegio (y no sé por qué), cuando íbamos a la capilla a misa, que decía algo así:

"Yo tengo un gozo en mi alma,
¿Dónde? (Coro)
Gozo en mi alma,
¿Dónde? (Coro)
Gozo en mi alma y en mi ser,
¡Aleluya, Gloria a Dios!"

Y al venirme esa matraquilla una y otra vez a la cabeza, terminé pensando que a mi me gustaría tener un "Gozo en Mi Alma", porque eso implicaría que mi Ser estaría lleno de júbilo, de entusiasmo, de exaltación, de alegría extrema, de contento absoluto por la vida y por vivir, y que me encantaría sentirme de esa forma, que mi plenitud se sintiera así, como mi valiente madre que actuaba siempre con valor y determinación por muy mal que se le presentaran situaciones arriesgadas o difíciles; o bien, como mi dulce amiga, que en su ingenuidad, continuaba luchando, con alegría y con tesón por estar mejor después de pasado un rato. 

Quiero ser como ellas, heroínas que distinguieron sus vidas por haber realizado verdaderas hazañas que requerían especialmente, muchísimo valor y que siempre serán consideradas por ello, y por sus estimables cualidades humanas positivas y de coraje, lucha y valía personal. 



¡Hasta pronto, cómplice!




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